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Naufragio © Suso de Toro
Fue el cansancio, toda la culpa la tuvo el cansancio, se repetía a sí mismo. Llevaba dos días repitiéndoselo, ¿o ya eran tres días desde que había cogido el avión de vuelta a casa con escala en aquel aeropuerto? Y ahora estaba perdido allí, en algún ala del aeropuerto, en aquel ángulo de los grandes espacios con sillas de plástico y largos corredores, en un rincón entre zonas de embarque y zonas de embarque. ¿En qué aeropuerto? No recordaba el nombre, había tantos, había estado en tantos, cuando iba a embarcar en barcos de la marina mercante en Génova, en Rotterdam, cuando había trabajado en las plataformas petrolíferas. Todos los aeropuertos eran iguales, con letreros en inglés, altavoces hablando en idiomas ajenos. Entre el sopor que lo envolvía le parecía que este aeropuerto debía ser el de Zürich. O quizá no. A su alrededor en aquella área de descanso con asientos de plástico de color naranja había otras personas. Un matrimonio mayor con aspecto de ser alemanes; él leía un periódico, ella una revista con fotos de modelos y palabras que parecían alemanas. Una familia de chinos, ¿o serían japoneses? A lo mejor eran vietnamitas, él había conocido a dos vietnamitas cuando trabajó en la mercante. La madre consolaba en el regazo a un niño que lloraba, le cantaba una canción que debía de ser de su país, del Vietnam seguramente. Ésos eran los que habían echado a los americanos de allí, habían hecho bien. El niño se adormecía mecido por la mujer. Se acordó de su madre, había muerto cuando él estaba en las plataformas petrolíferas. Recordaba que aquel día estaba en su camarote escuchando la radio y oyó una voz que lo llamaba, acudió a la sala donde los compañeros jugaban a las cartas y a las damas, pero allí le dijeron que nadie lo había llamado. Aquel día se había muerto ella. A veces la recordaba; en los últimos meses se había acordado de ella varias veces. Ella lo entendería, sería la única persona que lo entendería, que la culpa toda había sido del cansancio, que no es que se hubiese dormido, si pudiese decir "me dormí, eso fue lo que ocurrió. Estaba tan fatigado que me quedé dormido y por eso embarrancamos en la costa. Si pudiese decirle eso a las autoridades que investigaban el naufragio, al armador, a las familias de los compañeros muertos, decirle eso y acabar de una vez, que no siguiesen interrogándolo y mirándole a la cara con esa cara de sospecha. Qué sabía nadie lo que es estar envuelto en un mundo de mar que sabe a sal como el de uno pero que es lejano, y estar más allá del agotamiento luego de pasar varios días durmiendo unas pocas horas, subiendo a la cubierta y largando y recogiendo el aparejo cargado de merluza, porque cuando se da con un banco de pescado hay que largar y recoger hasta que se acabe. Largar y recoger sin apenas dormir, nadie sabe de ese cansancio. Le habían permitido volver a casa, él había insistido en volver a casa, como si le esperase alguien en casa, y lo habían dejado en paz para que cogiese un avión de vuelta. El mismo avión donde viajaban los ataúdes con los cuatro compañeros, le acudían a la memoria sus nombres y le dolía, no quería recordarlos. Se le había hecho intolerable viajar en el mismo avión, le había parecido volver a oír las voces en el mar, agarrados a tablones, unos a otros, entre el viento, el agua y la noche, sacudidos, separándose cada vez más las voces, hasta dejar de oírse unos a otros. Pero ahora las voces parecían venir de la barriga del avión, donde viajaban las maletas, y los ataúdes. La azafata le había preguntado si estaba mal, y él le había pedido un whisky. No había podido seguir volando con los compañeros
ahogados, era como si lo llamasen con reproches. Él no tuvo
la culpa, fue el cansancio. Al hacer el transbordo él no
se había subido al avión, desde la zona de embarque
contempló cómo subían a sus compañeros
ahogados al vientre del nuevo avión y él se quedó
allí esperando a que despegase, viéndolo irse por
el cielo. Sintiéndose náufrago en un puerto perdido
y extranjero. Y allí llevaba por los corredores y los salones
¿dos días ya? Perdido. Y sin fuerzas para volver a
casa y enfrentar el destino. Le pareció que de fuera, del mundo tras el cristal, llegaban ruidos de aguas y algas, de peces, y de ahogados, como si el edificio estuviese espantosamente sumergido. Se sentía mal, tenía que marcharse de allí. Se levantó del asiento con un cansancio absoluto y pasó entre los asientos por delante de la familia vietnamita, ¿o sería china?, con andar bamboleante de borracho, de marinero en tierra, de náufrago en pie. El matrimonio que debía ser alemán lo consideró con curiosidad, expectante de que fuese a caer derrumbado en cualquier momento. Una azafata rubia venía de frente por el corredor, se acercó a él y estuvo a punto de tomarlo de un brazo, aunque su amabilidad se retrajo ante el aspecto desastrado de sus ropas sobadas, le habló en palabras que no entendió y le señaló hacia atrás, hacia el área de asientos que acababa de abandonar. Él se dio la vuelta penosamente dominando el mareo, el hombre de la familia vietnamita, ¿o sería chino?, levantaba su bolsa de viaje que había abandonado en el asiento, sonreía y la hacía oscilar como un trofeo amigable. Pero él sacudió con esfuerzo su mano despreciando el hallazgo, no quería aquello. No quería equipaje, no quería nada. Sólo huir de allí, de aquella espantosa gran ventana detrás del hombre del bolso levantado que en cualquier momento reventaría dejando entrar todo el océano que lo estaba reclamando. Apartó sin fuerzas a la joven azafata, alta, guapa y rubia, con aquella cara de inocencia que no entendía a aquel pobre hombre que se debía haber vuelto loco y se perdía por aquel largo corredor hacia algún lado. Caminó por aquellos pasillos de confusas flechas y enigmáticos letreros hasta que descubrió unos váteres y entró, que nadie lo viese allí. Que nadie lo viese. Se encerró en un compartimiento con taza de váter separado por paneles de otros contiguos y se sentó acurrucado sobre la taza, allí nadie lo descubriría. En un váter contiguo alguien tiró de la cisterna, salió de su compartimiento y se lavó en una pileta a continuación. El ruido del agua de la cisterna, del grifo, el agua corriendo, moviéndose lo hizo gemir. Gimió y lloró. Oía las voces de los náufragos, las voces de los ahogados. El hombre que estaba lavándose se acercó a la puerta y le habló, él no entendía lo que le decía; el hombre golpeó suavemente la puerta por fuera y le habló más suave. Era igual no le entendía. No le oía, sólo oía el agua, el mar bravo sacudiéndose y barriendo la cubierta de lado a lado. Llevándose a los hombres, llevándose todo, el barco. Los gritos, los gritos. El hombre que estaba fuera marchó presuroso de allí. Cuando volvió el hombre con su gabardina y su cartera portafolios y los dos guardias de seguridad y derribaron la puerta retrocedieron instintivamente ante las ropas empapadas y cubiertas de algas y el aspecto violáceo de aquel cuerpo de ahogado que miraba para siempre con los ojos muy abiertos.
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