Paradigmas de violencia en El desbarrancadero
de Fernando Vallejo
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© Fabián Balmori
Florida State University

Violence can only be concealed by a lie, and
the lie can only be maintained by violence.

Alexander Solzhenitsyn

En uno de los coros de Edipo en Colona Sófocles escribe que el no haber nacido es lo más deseable, pero que habiendo visto la luz, lo mejor es morir lo antes posible. Encontramos en Eclesiastés 4:2 una idea similar: “Y consideré más felices a los que ya han muerto que a los que aún viven, aunque en mejor situación están los que aún no han nacido, los que no han visto aún la maldad que se comete en esta vida.” La imagen es obviamente pesimista. El ser humano se encuentra imposibilitado de evadir las injusticias que le depara la vida. Con este tono sombrío también se inicia la novela El desbarrancadero del escritor colombiano Fernando Vallejo. Aunque es debatible manifestar que el pesimismo es un modo de violencia, si es valido proponer que puede ser su resultado. El deambular sin esperanza en un mundo caótico donde se duda la posibilidad de una armonía puede ser tan traumático para el individuo como un ataque físico. El título El desbarrancadero – entiendase: despeñadero, precipicio – desde un comienzo nos prepara para asistir a una concentración de atributos negativos de la condición humana: el abismo, un lugar oscuro, donde reina el silencio, el vació, la nada; metáfora de una realidad de destrucción y conflicto.

Interesa en este trabajo identificar las diferentes manifestaciones de la violencia, cómo presenta el autor colombiano estas situaciones y cuál es su posible propósito. Primero, es necesario conceptualizar el término violencia; sin embargo, no es la intención de esta investigación llegar a una definición concluyente (debido a su natural complejidad) sino establecer un punto de referencia, una teoría que nos permita estudiar los espacios violentos dentro del texto. Cuando hablamos de eventos violentos es lógico pensar en ataques físicos, guerras, bombas, tiroteos o torturas. Es un buen comienzo. Pero la violencia también puede ir más allá del daño físico que se puede percibir a simple vista. Prosigamos con dos teorías de la violencia: la legitimista y la violencia estructural. Las definiciones teóricas legitimistas ven a la violencia como el uso ilegal o ilegítimo de la fuerza (Coady). En un estado legal el uso autorizado de la fuerza no sería considerado como un acto de violencia, es decir, un cuerpo policial que le dispara a un individuo que esta a punto de asesinar a un niño no viene a ser clasificado como un acto de violencia. En otro caso, un piloto que deja caer una bomba sobre sus enemigos, tampoco cuenta como violencia. La segunda teoría, violencia estructural, propuesta por el sociólogo Johan Galtung, abarca dentro de su definición cualquier forma de injusticia social, ya sea producto de un individuo, una institución o una sociedad. Un ejemplo sería las pruebas de armas nucleares, que aunque no estén dirigidas a un grupo de personas, crea una amenaza de violencia física que podría ser caracterizada como un tipo de violencia psicológica (Galtung 170). La problemática de esta definición es aceptar como violencia todo tipo de injusticia social, verbigracia, la pobreza o el acceso restringido a mejores viviendas, escuelas o servicios médicos a razón de la estratificación social. La violencia structural enfatiza la injusticia moral de todo tipo de violencia. Partiendo de estas dos teorias, el filósofo australiano C.A.J. Coady nos ofrece una definición teórica restringida de la violencia, oponiendose a las extensas definiciones de la violencia structural, al mismo tiempo que critica las definiciones legitimistas que incorporan fuertes nociones de ilegalidad en el significado de violencia. Coady admite que el uso de la fuerza física para dañar o lesionar a una persona o propiedad entra en la definición del término. También añade las consecuencias de un tipo de violencia psicológica, como cuando un padre humilla cruelmente a su hijo a tal punto de producirle un daño irreparable, lo que se entiende como violencia verbal. Pero también acepta que un ataque físico por parte de los cuerpos de seguridad contra un criminal sea justificado desde una perspectiva moral, aunque sí reconoce que cualquier justificación de la violencia es lamentable. Aqui es de gran interes para nuestro análisis la llamada violencia verbal, la utilización del lenguaje como herramienta de agresión. Entremos en el texto en cuestión.

La novela del escritor colombiano Fernando Vallejo describe la caída grotesca de una familia que se desmorona dentro de la abyección de la vida del ser humano. La fuerte crítica contra la sociedad, iglesia y estado, rellena las páginas principales del texto desde un comienzo: “Dios no existe y si existe es un cerdo y Colombia un matadero” (Vallejo, 2) ¹. Pero este será solo el comienzo de mayores rudezas verbales. El lenguaje esta atiborrado de palabras descaradas, que reflejan el ambiente ruin en que se desenvuelven unos personajes que han perdido toda esperanza en la vida, dentro de un país segun relata el protagonista, que representa el mismo infierno y donde “la vida es un sida” (35). El ataque grotesco que realiza Vallejo contra una sociedad que aun no se ha atrevido a hablar abiertamente sobre la enfermedad del sida, se convierte en una de las acciones narrativas de enlace estructural en la novela. El relato describe la relación final que tuvieron los hermanos Fernando el primogénito y Darío quien ha sido infectado de sida. Presenciamos los recuerdos de su infancia, sus aventuras amorosas homosexuales, sus orgías paradisíacas, su reflexión ante la vida, sus excesos, sus creencias religiosas (o falta de ellas), y finalmente su muerte. El escenario es la ciudad de Medellín, a donde vuelve Fernando de su residencia en México para asistir al hermano en los últimos días de su enfermedad. El narrador protagonista se enfrenta a su familia, un hermano anormal y cruel que lleva como nombre “Cristoloco” y una madre ignominiosa. Con referencia a la madre, el narrador le llama de varias formas animalescas e insultantes, principalmente: la loca, pero también la bestia, la tigra hembra, la culebra, la vaca, la maldita. Nos dice Fernando que ella estaba “poseída por la maldad de un demonio que solo existe en Colombia” (47). Su casa era un “manicomio infierno” y Colombia era “el cielo que es el infierno”, pues no existe escapatoria posible sino la anhelada muerte. El personaje de la Muerte (que ya hemos conocido en la obra anterior de Vallejo) mantiene diálogos efímeros con Fernando y llega a expresar sentimientos más humanos que el resto de los participantes en la historia. El pesimismo ante la humanidad es latente y la desesperación de unos personajes perdidos en un mundo humillante y cruel es aterradora, pues prefieren éstos la muerte que seguir viviendo. Tanto Fernando como Darío se encuentran muertos en vida.

El tema de la injusticia social (violencia structural segun Galtung) también se ostenta con claridad: “aquí solo hay ricos muy ricos y pobres muy pobres. Y los ricos no venden porque los pobres no compran… roban… roban y paren para que vengan mas pobres a seguir robando” (6). La realidad grotesca sobrepasa los niveles del absurdo: los presidentes no solamente son corruptos pero también son abyectos, los muertos tienen cédula de identidad y votan en las elecciones, el personaje de la Muerte no da cabida y si se descuida le roban la oz.

Los mensajes contra la institucion de la Iglesia son directos y poco amistosos, por oponerse al uso de condones y anticonceptivos, lo cual, segun el narrador es una forma de explotacion que apoya inconscientemente el cultivo de la desdicha en los individuos menos favorecidos, los otros: los homosexuales y los pobres.

“Con la muerte al lado, para la que no existe protección. ¿O sí? ¿Un condón? Póngaselo entonces cuando comulgue, en la lengua, no le vaya a contagiar el santo cura un sida con los dedos al ir repartiendo de boca en boca el cordero” (14).

La llamada civilización se encuentra a la orilla del barranco en donde comienzan los infiernos. Darío no sabe quien le contagió la enfermedad en “el país de la coca”; “¿cuál entre diez o mil o diez mil?” Siguen siendo ignoradas las muertes y los miles y miles de contagiados que se desbarrancan diariamente. Los insultos a la figura papal son constantes:

“que sufre el papa, que para eso esta: bien comido, bien servido, bien bebido, y entre guardias suizos bellísimos y obras de arte, con Miguel Ángel encima” (24). “El cura Papa, esta alimaña, gusano blanco viscoso, tortuoso, engañoso. ¡Ay zapaticos blancos, mediecitas blancas, sotanita blanca, capita pluvial blanca, solideíto blanco! ¿No te da vergüenza (…) andar todo el tiempo travestido como si fueras a un desfile gay?” (38).

Fernando desprecia la hipocresía de una entidad segun él traisionera que se aprovecha de la debilidad de sus súbditos y fanáticos para pretender crear una sociedad de bien, aun cuando ellos mismos no se rijan ni crean en el bien que profesan.

El lector pasa a ser testigo presencial del declive humano: corrupción política, guerras civiles, secuestros, derrames de petróleo, falso progreso, dominio extranjero, mafia dominante de los narcotraficantes, ladrones, pobreza extrema, muertes, asesinatos, raptos, hombres que asemejan ratas. Los personajes no saben si morirán de cáncer, de sida o de hambre o a manos de un sicario. La misma Muerte “se había asustado” de presenciar los eventos de la cotidianidad colombiana.

“¿Y Dios? – No existe. Y sino mira en torno, por todas partes el dolor, el horror, el hombre y los animales, matándose unos a otros. ¡Que va ha existir ese asqueroso!” (62).

Un mundo sin dios, donde la honradez pasa a ser el principio del fracaso: “nadie esta arriba si nadie esta abajo” (65). Así, el autor nos dispara sus pensamientos: “entre (excrementos) nacemos y vivimos y nos vamos”(107).

Hannah Arendt menciona es su conocido ensayo sobre la violencia que “el poder y la violencia se oponen; cuando una absolutamente domina, la otra se encuentra ausente” pero esto no significa que no puedan existir paralelamente. Luego agrega que “la violencia aparece donde el poder esta en peligro”(56) es decir, que la violencia es instrumental, lo cual expone la idea de que el uso de la violencia no ayuda a proporcionar una distribución equitativa del poder (lo destruye y no lo crea) sino que únicamente contribuye a nuevas formas de violencia. Segun Arendt un individuo necesita del apoyo de un grupo base para mantenerse en el poder. Un régimen dictatorial al utilizar métodos violentos para eliminar a la oposición, crea una nueva oposición que se encuentra en desacuerdo con la eliminación de las personas que formaban la oposición inicial. Aunque es posible que un líder carismático pueda, con el apoyo de un grupo numeroso, eliminar un régimen injusto, esto no significa que podrá crear o mantener un nuevo régimen. Si aceptamos que El desbarrancadero busca criticar radicalmente a las instituciones del gobierno, la iglesia y la familia con un lenguaje violento, es necesario destacar que tal acción no contribuirá a una mejora social. Así lo afirma Saramago al decir que “no tenemos mas remedio que reconocer que la literatura no ha transformado ni transforma socialmente al mundo, y que el mundo es el que ha transformado y va transformando, y no sólo socialmente, a la literatura”. El autor pasa de ser un simple pesimista, a ser un escritor comprometido, legitimizando moralmente su violencia verbal. La importancia del texto reside en presentar al lector un testimonio valido (o un espejo) de la crueldad e injusticia que existe en la naturaleza del ser humano. Vallejo, sumergido en un cinismo foucaltiano, dibuja con palabras una imagen grotesca y oscura de la vida moderna. Así, el escritor colombiano utiliza su arma más eficaz para combatir la abyección de la realidad, el lenguaje. “Yo creo en el poder liberador de la palabra. Pero tambien creo en su poder de destrucción” (56). El texto grita, apuñala, dispara, tortura. La palabra es violencia: muertes, asesinatos, sida, pobreza, sicarios, eutanasia, narcotráfico, guerras civiles, corrupción política. El discurso de Vallejo esta repleto de obscenidades que le permiten reflejar el ambiente ignominioso en que se desenvuelven unos protagonistas que han perdido toda esperanza ante la vida, dentro de un abismo cada vez más hondo y oscuro. Es un lenguaje violento, pero siempre razonado, que confronta directamente aquellas verdades que pretenden ser ignoradas por seres que se encuentran muertos en vida. El fatalismo se convierte en el destino de la raza humana y, el cataclismo se hace difícil de evitar. Asi nos dice el narrador: “Y aqui me tienen, viendo a ver como le atino a la combinacion magica de palabras que produzca el cortocircuito final, el fin del mundo” (138).

El desbarrancadero busca emocionarnos, sacudirnos, sobresaltarnos, con sus insultos verbales, con sus torturas de una palabra varias veces mutilada. Vallejo nos ofrece como lectores un mundo de escenas imaginarias pero verosímiles de la realidad de Colombia y de la naturaleza del ser humano. Sin embargo, la literatura es ficción, no es real, por lo cual no hay razón de preocuparse ni desvelarse por una violencia que no existe, ¿cierto?. Decía en una entrevista la escritora argentina Griselda Gambaro que “el arte nunca ha servido para atenuar los horrores del mundo, pero nos ha clarificado esos horrores”. Quizá ese sea el verdadero propósito de El desbarrancadero.


Notes

¹ Todas las citas de El desbarrancadero pertenecen a la edición de Monte Avila, 2003.


Works Cited

Arendt, Hannah. On Violence. Harcourt, Brace & World, Inc.: New York, 1970.

Coady, C.A.J. “Violence.” Encyclopedia of Philosophy. London: Rouletdge, 2002.

Galtung, Johan. “Violence, Peace and Peace Research.” The Journal of Peace Research 6.2 (1969):167-91.

Roffé, Reina. Conversaciones Americanes. Páginas de Espana: Madrid, 2001.

Saramago, Jose. “Sobre literatura, compromiso y transformación social.” Quimera 207 (2001):23-26.

Steger, Manfred B., and Mary S., eds. Introduction. Violence and Its Alternatives. St. Martin’s: New York, 199l.

Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Monte Avila: Caracas, 2003.