La Censura En Quevedo: El Caso Del Buscón

©Victoriano Roncero-López

 

El arte de la imprenta, que Pablo Hurus, impresor en Zaragoza, consideraba "una maravilla por Dios revelada para que ayan lumbre los ciegos de la inorançia" fue recibido en un principio como una bendición por la Iglesia y los gobernantes que vieron en ella una forma de difusión de la cultura, tanto laica como religiosa. Pero ese entusiasmo se resfrió pronto, entre otras cosas, y en el mundo católico, con la Reforma de Lutero. La Iglesia católica vio, a partir de ese momento, en el libro un instrumento peligroso, cuyo mensaje había que controlar para que no se extendiera la herejía del Norte de Europa. También los reyes se dieron cuenta del peligro que podía suponer para su poder la publicación incontrolada de libros (1). Ambas instituciones establecieron controles de censura: por una parte, las licencias previas de impresión establecidas en Castilla por orden real en 1502, que las otorgaba a las Chancillerías, que pasaron en 1554 al Consejo de Castilla, y por otra los Índices de libros prohibidos, publicados, en primer lugar en Roma, París y Lovaina, que culminaron con el de Valdés, el primero publicado en España, en 1559, al que siguió el de Quiroga en 1583 y bastantes otros.
Hasta aquí la historia, muy resumida, de la creación y desarrollo de la censura previa y posterior a la publicación del libro. Lo que ha levantado polémicas es la influencia que esa actividad censora tuvo en la literatura española del Siglo de Oro: ¿hasta qué punto condicionó o no nuestra historia literaria? ¿Nos encontramos ante una censura sistemática o caprichosa? Todos estos puntos han recibido distintas y extremas respuestas: para unos, entre los que destaca Menéndez Pelayo, la literatura española no recibió ninguna influencia negativa de estas prácticas censoras; para otros, los españoles dejaron prácticamente de leer y de pensar. Creo que hay que matizar ambas posturas: por una parte, negar la influencia a la censura sería negar la evidencia de que hubo índices y en ellos se censuraron algunas obras, sobre todo en materias teológicas y científicas; por otra, afirmar que los españoles dejaron de leer y de pensar por miedo a la Inquisición es sacar las cosas de quicio, sobre todo, cuando sabemos que existían, como han existido siempre, formas de eludir la censura: autoprotección con dedicatorias halagadoras al poder; prólogos autoexculpatorios; publicación en otros reinos fuera de Castilla; uso de la disimulación y de la ambigüedad, etc.

Creo que la postura más ponderada es la de Henry Kamen que defiende que, por ejemplo, el índice de Quiroga afectó en muy poco el hábito literario y de lectura de los españoles porque un gran número de los libros incluidos en él eran desconocidos para los españoles y estaban escritos en lenguas que los españoles no eran capaces de leer (2). A esto habría que añadir que no resultaba muy difícil para los españoles del Siglo de Oro conseguir libros prohibidos: dos ejemplos: en la biblioteca de Joseph Antonio de Salas, caballero de la orden de Calatrava, se encontraron a su muerte 250 obras prohibidas de un total de 2424 volúmenes que poseía; es decir un 10 por ciento (3); el segundo, y que tiene más que ver con el autor que trato en esta ocasión, en su España defendida, Quevedo cita varias obras que se hallaban incluidas en los Índices: la Pontifical de Illescas, el De pronunctiatione de Erasmo y varias ediciones de autores clásicos de Joseph Juste Scaliger, filólogo protestante. Pero en lo referente a los textos de la literatura española también menciona elogiosamente obras que estaban en parte o en su totalidad prohibidas: Torres Naharro, los poetas del Cancionero general, el Lazarillo de Tormes. Estos hechos demuestran que los españoles, o al menos algunos españoles se hallaban al tanto de lo que se publicaba en Europa, tanto en la católica como en la protestante, y que los utilizaban para sus estudios, como es el caso de Quevedo (4). En esta línea Álvar Gómez de Castro en su memoria sobre los principios de la censura proponía que ciertas obras escritas en latín, lengua de la religión y de la ciencia, fueran sólo permitidas a las personas cultas, y que no se usaran en las escuelas. Y también que el hecho de estar prohibida su lectura no significó el olvido de unos textos poéticos, prosísticos o teatrales que los españoles cultos de principios del siglo XVII conocían y de los que, sin lugar a dudas, poseían ejemplares en su biblioteca.
Pero es que ni en la prohibición de los libros científicos podemos considerar que la Inquisición y los órganos de censura españoles fueron muy coherentes, pues mientras que el índice romano prohibió las obras de Galileo Galilei, el español no las incluyó, como tampoco incluyó los textos de Copérnico, Johannes Kepler o de Tyco Brahe, por lo que podemos concluir como afirma Kamen: "rara vez hubo una censura que pueda identificarse como 'inquisitorial'. Los inquisidores y sus censores se limitaban simplemente a poner en práctica las ideas que predominaban entre los que controlaban el sistema" (5) .

Centrémonos en los textos literarios y veremos que aquí la labor inquisitorial, afortunadamente, dejó mucho que desear por lo que se refiere a su eficacia. Por supuesto que hubo textos que fueron condenados al Índice, y ya aparecen en el de Valdés (1559): por ejemplo, el Lazarillo de Tormes, aunque luego apareció expurgado; las imitaciones de La Celestina, pero no la obra de Fernando de Rojas; por supuesto, ciertas obras de los hermanos Valdés, como el Diálogo de Mercurio y Carón; algunas secciones del Cancionero General, que luego se desgajaron en el Cancionero de obras de burlas provocantes a risa. Sin embargo, quedaron fuera en índices del siglo XVII la práctica totalidad de la novela picaresca (a excepción del ya mencionado Lazarillo de Tormes y el Marcos de Obregón), las novelas de caballerías, el teatro del siglo XVII. La lista de libros y géneros mencionados sirve para comprobar el carácter caprichoso de los censores que dejan fuera del Índice algunos libros que por su temática o por ciertos episodios deberían formar parte de esta lista. A esto habría que añadir un hecho que se escapa a muchos de los que han estudiado el tema de la censura en nuestra literatura: una gran parte de ella se comunicó a través de manuscritos, sobre todo en lo que se refiere a poesía y otros textos en prosa, que quedaban fueran del alcance de los inquisidores y que, por tanto, pasaban libremente de lector en lector. Muchas obras de Quevedo siguieron este canal de transmisión, aunque algunas de ellas también fueron impresas con posterioridad, con permiso o sin permiso del autor: Buscón, Sueños y discursos, la Hora de todos, etc.

Uno de los autores que no podía faltar en estos índices, mientras vivió y aún después de su muerte, es Quevedo. Parte de su obra, como ya hemos dicho, una parte importante, nunca vio las prensas en vida del autor: la Segunda parte de la Política de Dios, la Hora de todos, sus textos históricos, la mayoría de sus poemas circularon en copias manuscritas y no hubieron, por tanto, de pasar la censura. Pero hay otras obras que sí lo hicieron y que sufrieron los típicos avatares de muchas de las obras literarias de la época, aunque en el caso de nuestro autor se dan circunstancias especiales; entre ellas el hecho de que no reconoció la paternidad de algunas de ellas, o, por lo menos, de la forma en que fueron primero publicadas; tal es el caso de la primera parte de la Política de Dios, censurada por el padre Pineda, y los Sueños y discursos. La primera mención de las obras de Quevedo en el Índice aparece en el de Zapata, publicado en Madrid en 1632 (6), donde se lee la siguiente nota: "Don Francisco de Quevedo. Varias obras que se intitulan y dicen ser suyas, impresas antes de 1631, hasta que por su verdadero auctor reconocidas, y corregidas, se vuelvan a imprimir" (7). En el Índice de Sotomayor de 1640 se permiten algunas de sus obras y se vuelve a hacer referencia a aquellas que no han sido reconocidas por el escritor, que, como advierte, el censor, ya había pedido que fueran recogidas, pues seguía sin reconocer su autoría. A pesar de la presencia de algunas obras en los dos índices el escritor nunca fue procesado por el Santo Oficio, quizás por presiones superiores. Habría que recordar que el autor también hizo uso de algunas de las estrategias que mencionamos con anterioridad; por ejemplo la autoexculpación en el prólogo; así en la versión autorizada de los Sueños, los Juguetes de la niñez, publicada en 1631, ya autorizada por el Índice de Sotomayor, afirmaba que: "y todo lo pongo debajo de la corrección de la Santa Iglesia Romana, y de los ministros que tiene señalados para limpiar de errores y escándalos las impresiones. Y desde luego con anticipado remordimiento me retrato de lo que no fuere ajustado a la verdad Católica, o ofendiere a las buenas costumbres" (8). Estas prohibiciones no consiguieron, sin embargo, impedir que las obras de Quevedo fueran impresas a lo largo del siglo XVII, hecho del que se lamentaba amargamente en 1677 el calificador del Santo Oficio, el fraile José Méndez de San Juan, que, tras mencionar las obras prohibidas, apostillaba: "lo qual no obstante han corrido siempre dichas obras, no sé si ha sido por permisión tácita" (9).

Me interesa analizar en este artículo uno de los casos más significativos: el Buscón, la única novela escrita por Quevedo. Y me interesa por varios motivos: el primero, porque no levantó sospechas entre los que concedieron la licencia de impresión en 1626, concretamente el doctor Juan de Salinas, vicario general del arzobispado de Zaragoza, y el doctor Calisto Remírez, aunque el jesuita Luis Torres recibió la censura del Buscón el 9 de julio de 1629; el segundo, porque entra dentro de ese grupo de obras que el escritor madrileño no reconocía como suyas y, por tanto, se hallaba en el conjunto de las censuradas, aunque sin ser especialmente señalada; y el tercero, porque sí hubo un español conocido en la época al que la novela le pareció digna de ser incluida en el Índice, me refiero a Luis Pacheco de Narváez, maestro de armas de Felipe IV, que hacia 1629-1630 dirigió un memorial al tribunal de la Inquisición denunciando cuatro obras de Quevedo (10), entre ellas, la novela picaresca. En este memorial explica los motivos que le impulsan a cometer tal acto no de delación, sino de aviso:
como católico y fiel cristiano, teniendo como tiene y cree, todo lo que cree y tiene la Santa Iglesia Católica Romana
y obedeciendo los decretos y edictos del santo tribunal de la Inquisición, en que manda que cualquiera que hubiere
oído o supiere alguna persona haya dicho o hecho alguna cosa que sea diferente o contraria o malsonante a nuestra
sagrada religión o a las divinas letras, lo manifieste, poniendo para ello graves censuras dignas del temor y la
obediencia, obligado de uno y otro, da este memorial, no por delación, sino por aviso (1043b-1044a).
Antes de continuar hay que recordar que, aunque pudiera haber cierto rasgo de autenticidad en la sinceridad de lo manifestado en estas palabras, por parte del maestro de esgrima existía un rencor hacia Quevedo, autor que se había burlado de él y de su método de la esgrima científica en varias ocasiones, entre ellas en el propio Buscón. Este memorial constituiría, pues, la venganza de un individuo que se había visto caricaturizado por uno de los escritores más importantes de la corte madrileña. Que esta inquina es real lo prueba el hecho de que dos años más tarde vuelve a las andadas, publicando anónimamente un Tribunal de la justa venganza, publicado en Valencia en 1635, extendido memorial en el que vuelve a exponer sus argumentos antiquevedianos. El propio Narváez escribió otro tratado contra don Francisco, aunque esta vez en tono serio, refutando la primera parte de la Política de Dios, los Peregrinos discursos, obra que tampoco vio las prensas en vida de su autor, de hecho ha sido publicada recientemente en los Anejos de La Perinola (11).

La parte del memorial dedicada al Buscón se inicia con un resumen de los defectos, de los pecados, mejor dicho, que hacen que en su opinión este libro merezca ser retirado de las tiendas de los mercaderes de libros, ya que en él "si mi juicio no padece engaño se hallara (demás de las deshonestidades, palabras obscenas, torpes y asquerosas, indignas de ponerse por escrito i que lleguen a ser leídas de los que profesan virtud y piedad cristiana) que mezcla las cosas divinas con las profanas, haciendo alusión de las unas a las otras en desprecio y ofensa de nuestros sagrados ritos i lo dedicado a ellos, y demás desto proposiciones menos que católicas, de las cuales referiré las menos" (1046b). La principal acusación de la mezcolanza de lo sagrado y lo profano no es original en el escrito de Narváez, pues esa misma tacha había encontrado López de Úbeda, el autor de La pícara Justina, en el Guzmán de Alfarache, aunque en esa ocasión la crítica sigue el tono de burla que tiene toda la novela. Pacheco de Narváez se refiere aquí sobre todo a la aparición de personajes religiosos, así como al uso de ciertas frases del mismo tono en una obra que no tenía ninguna finalidad religiosa y que se limitaba a reflejar los lados más oscuros, más sórdidos de la sociedad española del siglo XVII. Pero la crítica no era válida, como no lo había sido en el caso de La pícara Justina, porque si bien aparecen personajes o frases de sentido religioso, la materia que se trata es profana y en ningún momento de la narración el autor ha emitido crítica a ninguno de los estamentos religiosos ni ha puesto en duda ninguno de los dogmas de la Iglesia católica.

Los episodios del Buscón que Pacheco de Narváez denuncia pueden ser divididos en dos grupos: el primero de ellos, y el más breve, el de los temas profanos; el segundo, y el más abundante, de los temas religiosos.
Empezaremos por el de los pasajes profanos censurados por ser un número mucho menor. El hecho de que el denunciante haya señalado un número pequeño de estos pasajes demuestra que los censores prestaban poca atención a este tipo de temas. Por ejemplo, es bastante significativo que no haya censurado el hecho de que la madre de Pablos sea caracterizada como una bruja, alcahueta, que en su juventud ejerció la prostitución como se desprende de la frase: "para unos era tercera, primera para otros y flux para los dineros de todos"(12) (p. 92). Tampoco censura el que en un momento determinado Pablos afirme que sólo quiere a una mujer para deleitarse sexualmente con ella. El episodio pertenece al capítulo quinto del libro III y narra el intento de seducción de Pablos a una moza hija de la propietaria de la casa en que se hospeda el protagonista al salir de la cárcel. La descripción de esta mujer está llena de alusiones sexuales que han llegado a escandalizar a algún editor moderno (13) y que no parecen haber preocupado a Pacheco de Narváez, pues de ella dice Pablos, con claras alusiones sexuales: "hallé una moza rubia y blanca, miradora, alegre, a veces entremetida, y a veces entresacada y salida" (p. 226). No creo que haya que explicar el contenido sexual de metida, sacada y salida, pero esto no es censurado. Lo que por el contrario levanta las iras del maestro esgrima es una afirmación que hace unos momentos más adelante refiriéndose a la misma moza: "a mí no me pareció mal la moza para el deleite" (p. 227). Afirmaciones como esta se hallan en poemas satíricos del mismo autor, en los que la misoginia es una característica fundamental.

Pero la ira de Pacheco de Narváez se excita cuando en el capítulo séptimo cuando a la vista de la mujer a la que quiere desposar afirma: "como yo no quiero las mujeres para consejeras ni bufonas, sino para acostarme con ellas, y si son feas y discretas es lo mismo que acostarse con Aristóteles o Séneca o con un libro, procúrolas de buenas partes para el arte de las ofensas; que, cuando sea boba, harto sabe si me sabe bien" (p. 239). La alusión es mucho menos erótica que la anterior, aunque la referencia al "arte de las ofensas" es bastante explícita, pues en el lenguaje de germanías hacía referencia al acto sexual, pero es este el episodio que cita el maestro de esgrima, quizás porque la mujer a la que se refiere el protagonista en esta ocasión es doncella de familia de cierto abolengo y, por tanto, considera más insultante esta descripción que la anterior, describiéndola como lasciva y deshonesta "contra lo permitido en libros que han de llegar a manos de todas gentes, y en ofensa de los tres requisitos establecidos por la humana y cristiana prudencia, que sean útiles, honestos y deleitables" (p. 1048a).

El otro episodio profano que denuncia el memorial tiene que ver con el episodio del ventero al que el pícaro acusa de ser morisco, con la referencia al episodio bíblico del ecce homo. La acusación se hace más clara en el Tribunal de la justa venganza, donde acusa a Quevedo de maltratar a este personaje; el pasaje no tiene desperdicio, pues afirma Pacheco de Narváez: "porque ninguno que tiene por trato el dar posada, reciben a los que van a ella con mala cara, ni los quiere escupir, antes con agrado los atrae, por consistir en ello su ganancia, y también porque no se ha visto mesonero ni ventero morisco, sino que por decir estas blasfemias lo introduce" (1113b). Que yo sepa se trata de la primera defensa en la literatura española de los venteros, pues las ventas, y no hay que irse más lejos que las que aparecen en el Quijote, tenían mala fama, así como los venteros, y me remito de nuevo al primer ventero quijotesco, con una caracterización claramente picaresca. Pero es que en otros casos, como en el de la ya citada novela de la Pícara Justina, los venteros que aparecen, y que en este caso curiosamente son los progenitores de la protagonista, pertenecen a la casta de los conversos. No entiendo la censura que en esta ocasión hace el denunciante de un episodio en el que se critica a los miembros de un oficio bastante denigrado, y recuérdese aquí la denuncia de la calidad de las posadas francesas que hace a principios del siglo XVI Garcilaso en la epístola a su amigo Boscán (14). El único punto que podría interesar a la Inquisición sería en la calidad de morisco del ventero, cuando los componentes de este grupo habían sido expulsados en 1609, y la novela había sido publicada en 1626 cuando supuestamente no debía quedar en España ninguno de ellos. Otra cosa sería la referencia al ecce homo, pues el Concilio de Trento en su sesión 4, capítulo 2 condenaba a "los que convierten las palabras de la Sagrada Escritura a cosas profanas y chocarreras", aunque en este caso hay que recordar que la frase ecce homo estaba completamente lexicalizada para indicar persona desastrada.

Con esta última referencia entramos en el apartado que más denuncias presenta en el memorial: los temas religiosos. Como ya hemos dicho, la explicación es muy fácil: la Inquisición se preocupaba sobre todo de la pureza religiosa de los españoles y, por tanto, prestaba mucha más atención a todo aquello que pudiera atentar contra las enseñanzas y los dogmas de la Iglesia católica. Pacheco de Narváez, consciente de este hecho como cualquier español de su época, se centra en estos motivos para alertar al tribunal de la falta de ortodoxia católica de la novela quevediana. Las acusaciones en este apartado se pueden dividir en dos grupos: por una parte las que van dirigidas a dogmas de la religión; por otra, los pretendidos ataques a los miembros del sector eclesiástico: sacerdotes, frailes y monjas. Tanto en un caso como en otro los ejemplos están cogidos por los pelos, pues sólo un lector hipercrítico puede hallar motivos censurables en algunos de los textos citados. Por cuestiones de espacio, voy a analizar aquí sólo algunos de estos casos.
Empezaremos por aquellos relativos a los dogmas y enseñanzas de la Iglesia católica. Uno de los más interesantes es la crítica al episodio en que Pablos se finge moribundo para escapar de la justicia que le persigue por haber robado las espadas a la ronda; recuérdese cómo Pablos describe la escena: "estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un cristo en la otra, y un compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando letanías" (138). Nadie podría ver en esta escena ninguna clase de burla de la religión, simplemente el intento por parte del pícaro por evadir a la justicia que le persigue. Pero Pacheco de Narváez sí ve un acto censurable en la escena del moribundo, porque al fin y al cabo este es un acto para un cristiano que espera la salvación, no para un burlador o un ladrón.
Otro episodio denunciado por el maestro de esgrima que tiene que ver con los dogmas es el de los pasteles que Pablos come en casa de su tío el verdugo segoviano que acaba de ejecutar a su padre:
parecieron en la mesa cinco pasteles de a cuatro. Y tomando un hisopo, después de haber quitado los hojaldres, dijeron un responso todos, con un requiem aeternam, por el ánima del difunto cuyas eran aquellas carnes. Dijo mi tío: "ya os acordáis,
sobrino, lo que os escribí de vuestro padre." Vínoseme a la memoria; ellos comieron, pero yo pasé con
los suelos solos, y quedéme con la costumbre; y así, siempre que como pasteles, rezo una avemaría
por el que Dios haya (176).

La alusión del tío verdugo a que se refiere en este párrafo, aparece en la carta que le había escrito comunicándole la muerte de su padre, en la que le dice: "pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a cuatro" (140-141). El párrafo está claro y no creo que sea de difícil entendimiento: Pablos no come los pasteles porque piensa que la carne con la que se hacen es carne humana, la de los condenados a muerte, incluso podría ser la de su padre; nos encontraríamos, pues, ante un caso de antropofagia, de canibalismo, único que yo recuerde en la literatura española, al menos en la de nuestro Siglo de Oro. Es por ello, que los comensales rezan una oración antes de comerlos. El problema es que Pacheco de Narváez no ha entendido el párrafo, o, según Fernando Lázaro Carreter, no ha querido entenderlo (15), porque para él lo censurable de este episodio es que no se puede rezar por las almas de animales irracionales, pues según él: "a los animales irracionales, cuyas carnes comemos en los pasteles, los supone con almas racionales, capaces de goçar de la gloria, y que les puede ser favorable la angélica salutación, con que a la Emperatriz del cielo se le anunció que había de ser la madre de Dios" (1047b). Se puede acusar a Quevedo, desde el punto de vista religioso, de un pecado tan terrible como es el de comer carne humana, pero no de lo que le acusa el maestro de armas, pues si Pablos reza no es por animales, sino por los pobres ejecutados cuya carne comen los que engullen los pasteles.

La mayor parte de las denuncias tienen que ver con los miembros del estamento religioso, algo que ya había ocasionado algunas censuras en obras como el Lazarillo de Tormes, sobre todo en el tratado segundo del clérigo de Maqueda. Lo que sucede aquí es que algunos de los pasajes denunciados rayan en lo ridículo. Lo que más nos llama la atención es la crítica que hace a la archiconocida y archicitada descripción del dómine Cabra, del que destaca el "desprecio que por sus palabras muestra tener al sacrosanto sacerdocio hace descripción de un clérigo a quien introduce pupilero, con tales modos y tan ofensivo lenguaje, que viene a ser de mejor calidad el hombre más vil de la República" (1046b). Si recordamos la descripción del personaje, observamos que no hay nada que una su condición eclesiástica con su avaricia; así como en el Lazarillo al describir la avaricia del clérigo se afirmaba: "no digo más, sino que toda la laceria del mundo estaba encerrada en éste: no sé si de su cosecha era o lo había anejado con el hábito de clerecía"(16) , alusión suprimida en el Lazarillo castigado de 1573, en el Buscón no hay referencia ninguna a la avaricia como característica común del sacerdocio, sino que ésta está individualizada en Cabra y nada permite ir más allá en la comprensión del texto. No había, por tanto, motivo para que los que concedieron la licencia de impresión ni los inquisidores censuraran este párrafo, lo castigaran en término de la época.
Otro de los textos que indican una actitud hipercrítica, sin fundamento en las denuncias del memorial es el pasaje en el que Pablos describe la procesión de los condenados en Segovia y define al pregonero que iba delante del condenado anunciando los delitos del reo como "precursor de la penca". Hay que hurgar mucho y rizar mucho el rizo para entender que en este pasaje Quevedo se está burlando de San Juan Bautista o lo está comparando con un pregonero, uno de los oficios de más baja consideración social en los siglos XVI y XVII como lo era Lázaro de Tormes (17): "descomedida y malsonante alusión que se le dio a tan gran santo como san Joan Baptista, queriendo que desta santa y gloriosa antonomasia goce un hombre infame, y tan infame instrumento" (p. 1047a). En los evangelios se hace referencia a que Juan Bautista es el precursor de Jesús, es decir: el que llega antes que él para anunciarle. Pero de nuevo nos hallamos ante un caso en el que alguien que busca hacer daño a Quevedo ante el tribunal del Santo Oficio se agarra a cualquier resquicio por muy débil que sea para acusar de hereje al escritor.

La última de las censuras que quiero comentar en esta ocasión se refiere al episodio del galán de monjas. Nos encontramos ante uno de los episodios más famosos y divertidos de la novela, en la que Pablos, tras abandonar la compañía de cómicos en Toledo, corteja a una monja devota de San Juan Evangelista. Se trata de una figura corriente en la época y con antiguos antecedentes literarios en la Garoza del Libro de buen amor o la abadesa encinta de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo. Más cercanos a nuestra novela aparecen en el Guzmán apócrifo, en el diálogo Microcosmia de fray Marco Antonio de Camos, en el romancero y, como afirma concluyendo, Lázaro Carreter, "se hablaba de ello en los púlpitos, en los libros, en los romances, en el teatro" (18). No era, por tanto, un tema original de Quevedo y podemos decir que está tratado de una manera ingenua, pues al final no pasa nada; es uno más de los fracasos vitales de Pablos. No merece, pues, las palabras condenatorias de Pacheco de Narváez para quien el novelista "las trata peor que si fueran mujeres del lupanar, dando causa que estén en baja opinión y desprecio cerca del vulgo ignorante" (1048a).
No acaban aquí los párrafos en los que denuncia el desprecio, la vulgaridad con los que se trata a los miembros del estamento religioso, incluso hace referencia a la aparición de dos ladrones disfrazados de familiares del Santo Oficio como muestra de la degeneración de la novela, pero creo que los elegidos son representativos del tono del memorial, que concluye con un juicio muy severo sobre el Buscón:
En suma este libro según mi entendimiento (aunque no me atrevo a calificarlo por acertado) lo tengo por un seminario de vicios y un maestro que enseña como se han de cometer los pecados, y que según está depravada la humana naturaleza y fuerte la inclinación al mal, que de tal escuela habrán salido muchos discípulos y se puede temer, que se acrecentará el número, si más tiempo se permite (1048a).
El memorial, por lo que sabemos, fue presentado al tribunal del Santo Oficio, vulgo Inquisición, que no atendió ninguna de las críticas que se formulaban en él, y la novela siguió publicándose con la extrañeza y queja de algunos calificadores, como hemos visto, a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Ciertamente, algunos de los párrafos citados podrían haber sido constitutivos de investigación y castigo, pero como ya he dicho en un principio la Inquisición no ejerció una labor sistemática de censura, excepto en los textos religiosos que podrían influir en el surgimiento de herejías o malas interpretaciones de pasajes bíblicos. El Buscón, obra profana, publicada en Zaragoza, donde era más fácil conseguir licencias de impresión, no suponía ningún peligro para la pureza ideológica de los españoles cultos, sobre todo la nobleza, que constituían, al fin y al cabo, el grupo de personas que leerían la novela, porque a ellos la había destinado ideológicamente su autor.

 

Notas:

1. Para estos temas véase José Simón Díaz, El libro español antiguo. Análisis de su estructura, Kassel, Edition Reichenberger, 1983, pp. 5-32, y José García Oro, Los reyes y los libros. La política libraria de la Corona en el Siglo de Oro (1475-1598), Madrid, Editorial Cisneros, 1995.

2. Henry Kamen, La Inquisición española. Una revisión histórica, Barcelona, Crítica, 1999, pp. 104-135.

3. También encontramos obras prohibidas en la biblioteca del conde de Gondomar. Ahora se puede ver el catálogo de su biblioteca, una de las mejores bibliotecas privadas de España a principios del siglo XVII, en Carmen Manso Porto, Don Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar (1567-1626). Erudito, mecenas y biblófilo, Santiago, Xunta de Galicia, 1996.

4. Para el tratamiento de Quevedo de estos autores ver mi El humanismo de Quevedo: filología e historia, Pamplona, Eunsa, 2000, pp. 37-87 y "La defensa de la literatura española en la España defendida", en I. Arellano y J. Canavaggio, eds., Rostros y máscaras: personajes y temas de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 1999, pp. 197-218.

5. Henry Kamen, La Inquisición española, p. 116.

6. Novus Index librorum prohibitorum et expurgatorum.

7. Texto citado por Ángel Alcalá, Literatura y Ciencia ante la Inquisición Española, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001, p. 117.

8. Francisco de Quevedo, Los sueños, ed. de Ignacio Arellano, Madrid, Cátedra, 1991, p. 415.

9. Citado por Ángel Alcalá, Literatura y Ciencia, p. 122.

10. Memorial de don Luis Pacheco de Narváez, maestro de armas de Felipe IV, denunciando al tribunal de la Inquisición cuatro libros de Quevedo. Cito por la edición de Obras completas. Verso, ed. de Luis Astrana Marín, Madrid, Aguilar, 1932. Citaré siempre por esta edición.

11. Luis Pacheco de Narváez, Peregrinos discursos y tardes bien empleadas, ed. de Aurelio Valladares Reguero, Pamplona, Eunsa, 1999.

12. Cito los textos del Buscón por F. de Q., Historia de la vida del Buscón, ed. de Victoriano Roncero López, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999.

13. Sobre este pasaje y su anotación véase mi artículo "Las anotaciones de El Buscón", La Perinola. Revista de Investigación Quevediana, 4 (2000), p. 389.

14. "¡Oh cuán corrido estoy y arrepentido / de haberos alabado el tratamiento / del camino de Francia y las posadas! / Corrido de que ya por mentiroso / con razón me ternéis; arrepentido / de haber perdido tiempo en alabaros / cosa tan digna ya de vituperio, / donde no hallaréis sino mentiras, / vinos acedos, camareras feas, / varletes codiciosos, malas postas, / gran paga, poco argén, largo camino". Cito por Garcilaso de la Vega, Obra poética y textos en prosa, ed. de Bienvenido Morros, Barcelona, Crítica, 1995, p. 118.

15. Fernando Lázaro Carreter, "Originalidad del Buscón", en su Estilo barroco y personalidad creadora, Madrid, Cátedra, 19773, p. 90, escribe: "Tan inocentes varones no entendieron la espantosa broma. Pero... ¿no la entendieron? Bien pudo ocurrir que hallasen más escandaloso que un emparedado humano el rezo por un animal; hincando el diente a este argumento, desvirtuando adrede la recta intelección del pasaje, podían herir a Quevedo en parte más sensible".

16. Lazarillo de Tormes, ed. de Francisco Rico, Madrid, Cátedra, 1987, p. 47.

17. Ver Antonio Vilanova, "Lázaro de Tormes, pregonero y biógrafo de sí mismo", en su Erasmo y Cervantes, Barcelona, Editorial Lumen, pp. 284 y ss.

18. Fernando Lázaro Carreter, "Originalidad del Buscón", p. 91.